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Plaza de Santa Isabel la Real, en el barrio del Albaicín

El barrio del Albaicín

El Albaicín (tambien escrito Albayzín) mira cara a cara a la Alhambra. Lo hace desde el Mirador de San Nicolás, ofreciendo las mejores vistas (o las más famosas) de la fortaleza roja, pero también porfiándole la condición de símbolo de Granada. No en vano, tiene la declaración de Patrimonio de la Humanidad desde 1984 y en sus calles, plazas y construcciones tradicionales se lee la historia de esta ciudad. Quizá por eso la Alhambra y el Albaicín van de la mano como referencias granadinas en una férrea sintaxis.

El conjunto urbano del Albaicín es una ciudad dentro de la ciudad. En su origen, en la etapa islámica, cuando era el hogar de los halconeros, no se encontraba tan compactada, sino más bien disuelta por la colina. Sin embargo, en su trazado urbanístico y, sobre todo, en el aroma a jazmín y en la fisonomía de sus edificios más notables se siente la presencia de al-Andalus.

Hoy es una visita obligada para entender esta ciudad y, cómo no, para asomarse al monumento más visitado de España. Cómo dejar Granada sin pasar por la Puerta de Elvira, como lo hiciera victorioso Mohamed Ben-Nasr Al-Ahmar en 1238. O sin deambular por el Paseo de los Tristes o la Carrera del Darro. O sin subir al Sacromonte con sus cuevas, sin descansar en la Plaza de San Gil o en la Plaza Nueva, donde se le da el relevo a los ideales urbanísticos cristianos (¡y estamos ya en el siglo XVI!), con la Real Chancillería y la Iglesia de San Gil y Santa Ana. ¿Qué visita a Granada sería sin conocer todo eso?

Los aljibes, las callejuelas, el barrio todo respira identidad. Un microcosmos que resume cuanto significa Granada, para disfrutar luego del resto de la ciudad –y de la propia Alhambra– con conocimiento de causa, con antecedentes, con la experiencia de saber donde se pisa.

Foto: Patronato de Turismo de Granada